La crisis del sector exterior y el euro.

Pedro Montes
 

La implantación del euro el primero de enero de 1999 introdujo dos cambios fundamentales en el funcionamiento de las economías europeas integradas en la unión monetaria. Por un lado, la política monetaria, decidida y gestionada por el Banco Central Europeo,  se hacía única para todas ellas a pesar de las divergencias y contrastes entre países. Por otro lado, desaparecía el tipo de cambio entre las monedas que constituyeron el euro, con lo cual se enterraba un instrumento histórico crucial para corregir los desequilibrios exteriores de las economías y para lograr restaurar la posición en los mercados internacionales cuando un país quedaba descolgado por una pérdida de competitividad. El tipo de cambio del euro frente a otras monedas, el dólar, el yen, etc. sigue existiendo, pero su cotización es el resultado global de lo que ocurre en el conjunto de las economías de la zona euro y no el tipo deseable o necesario para afrontar los problemas de una economía en particular. En el caso de la economía española, su PIB representa algo mas del 10 % del PIB total de la zona euro, una cifra no decisiva para determinar la cotización del euro, en la que intervienen por lo demás complejos factores de todo tipo,  entre los que los financieros, en un mundo sin trabas a los movimientos de capital, son bastante relevantes. Por otra parte, para calibrar los efectos de la desaparición del tipo de cambio entre las monedas que constituyeron la moneda común,   cabe mencionar que las exportaciones  de mercancías españolas a la zona euro (expediciones se llaman ahora) representan  en torno al 60 % del total, mientras que las importaciones de la zona euro (introducciones ahora) alcanzan sólo  el 54% del total,  por el peso que tienen las importaciones de energía (el 11 % del total en el 2004).

En el año 1998, el que precedió a la entrada en vigor del euro,  la balanza por cuenta corriente de la economía española, integrada por la balanza comercial, la de servicios, la de rentas y la balanza de transferencias corrientes, estaba prácticamente en equilibrio, arrojando un leve déficit que no llegaba al 1% del PIB. En el año 2004, transcurridos sólo seis años desde la implantación del euro, el déficit de la balanza por cuenta corriente se elevó al 5,3% del PIB, una magnitud importante, equivalente en términos relativos al déficit exterior de la economía norteamericana, que pasa por ser uno de lo grandes problemas que tiene la economía mundial, como se encargó de poner de manifiesto Alan Greesspan, en  lo que puede considerarse su testamento como  presidente de la Reserva Federal. Ese empeoramiento tan agudo del déficit exterior de la economía española en tan  breve lapso  pone de manifiesto una sensible pérdida de competitividad agravada por otros problemas colaterales.

El saldo comercial, la balanza del trafico de mercancías,  es sin duda el indicador básico para valorar la posición de una economía en el contexto internacional, en un  mundo globalizado donde las barreras al intercambio son mínimas. Pues bien, dicho  saldo en  nuestro país representó en el 2004 el 6,3% del PIB, tras un crecimiento intenso en ese año: un porcentaje sin parangón con el que registran algunos otros países industrializados, incluidos los Estados Unidos que acumula un  déficit comercial histórico. En la evolución del comercio exterior ha tenido influencia sin duda alguna el relativo alto crecimiento de la economía española en los últimos años, sobre todo comparado con el crecimiento de la Unión Europea. Ha tenido asimismo un impacto no desdeñable la elevación del precio del petróleo en los últimos tiempos y también la fuerte reevaluación del euro con respecto al dólar a lo largo de 1992, 1993 y 1994, con repercusiones adversas en las exportaciones de los países europeos frente a las exportaciones norteamericanas. Pero estos factores agravantes no pueden ocultar el fondo de la cuestión: el intenso desequilibrio comercial que sufre la economía española como resultado de  su mala posición en la competencia internacional, pues  el déficit comercial no energético también ha  experimentado un aumento acusado, y  lo mismo  ocurre con el déficit comercial con la zona euro, frente a la cual no habido  obviamente ningún cambio de cotización entre las monedas.

El permanente  déficit comercial ha contado para compensarse siempre, como rasgo peculiar de la economía española, el excedente de la balanza de servicios por  la  importancia que tienen los ingresos del turismo. Estos han seguido creciendo en los últimos años pero mostrando cierto agotamiento (en términos del PIB han retrocedido ligeramente), lo cual, teniendo en cuenta también el aumento de los gastos turísticos, ha originado que el saldo por turismo apenas cubrió el 50% del déficit  comercial en el año 2004, cuando en 1998 lo sobrepasaba ampliamente. Indudablemente este comportamiento de los ingresos y gastos por turismo está afectado por la pérdida de competitividad de la economía española, en este caso particular por la pérdida derivada de la  mayor inflación española con respecto a la media europea. El déficit de la balanza de rentas, por su parte,  ascendió en 2004 al 1,6% del PIB,  ha mostrado un comportamiento irregular en los últimos años pero su tendencia inevitablemente será a aumentar aunque sólo sea por el creciente endeudamiento frente exterior y las nunca superadas carencias de la economía española en tecnología. Por último, la balanza de transferencias, superavitaria levemente en los primeros años del euro, empeoró en 1993 y 1994 hasta equilibrarse, como consecuencia de algunos recortes que empezó a sufrir nuestro país con la ampliación al este de la Unión Europea y la creciente relevancia que van tomando los pagos por las transferencias de los emigrantes.

El cariz preocupante del desequilibrio exterior no proviene sólo de la situación actual, descrita por encima en los párrafos anteriores, sino también  del empeoramiento que cabe prever y proyectar para el futuro. En 2005, el déficit por cuenta corriente puede superar ya el 7,5 % del PIB,  que se sustenta en un empeoramiento generalizado de todas las grandes rúbricas,  y en particular del déficit comercial. Tal porcentaje es insólito  y muestra una posición deteriorada tan grave que resulta poco menos que imposible encontrar algo parecido en ninguna otra economía, no digamos entre las economías industrializadas o desarrolladas. Lo peor, sin embargo, está por venir.

La evolución del déficit exterior estará muy ligada a la propia evolución de  la economía en los próximos tiempos. No es lugar para hacer pronósticos,   pero parece cada vez más evidente que el ciclo de la construcción ha pasado ya su momento más favorable y que un debilitamiento de la construcción arrastrará al conjunto de la economía, por la alta dependencia que está guarda con aquella en el modelo económico predominante en los últimos años. Sin embargo,  en las cuentas exteriores están influyendo negativamente tantos  factores que, con independencia de la trayectoria de la economía, e incluso contando con un alivio prodigado por la desaceleración de la actividad, el empeoramiento del déficit exterior resulta inevitable.

En primer lugar, el propio desequilibrio ya existente se amplía con suma facilidad. Por ejemplo, para que el déficit comercial de 2004 no aumentara en magnitud,  considerando que los pagos por importaciones superan a los ingresos por exportaciones en un 35%,  sería necesario que las exportaciones crecieron en el futuro 1.35 veces  el crecimiento de las importaciones. En segundo lugar,  la inflación española  supera a la de la zona del euro. Esta diferencia, prolongada en el tiempo,   está socavando progresivamente la competitividad de la economía española frente a los  países de la zona del euro,  con los cuales, como se ha dicho,  tiene lugar la mayor parte de los intercambios con el exterior. En tercer lugar, hay que recordar que a partir de 2007 las transferencias provenientes de la Unión Europea, que alivian la magnitud global del déficit,  se revisarán a la baja como consecuencia del nuevo proyecto de presupuestos que adoptado en el ultimo consejo europeo de Londres. En cuarto lugar, el déficit exterior significa un endeudamiento creciente de la economía, que dará lugar a crecientes pagos por rendimientos  de la deuda contraída, cualquiera que sea la modalidad de éste endeudamiento. En quinto lugar, el fenómeno de la deslocalización  de las empresas impulsado por la globalización neoliberal afectará negativamente al sector exterior español, pues la deslocalización la llevan a acabo prioritariamente multinacionales cuya producción se orienta hacia la exportación. En séptimo lugar, las cotas alcanzadas por el precio del petróleo en 2005 parecen algo mas que accidentales: posiblemente se ha iniciado un periodo de energía cara que repercutirá en la balanza comercial. Y, en fin, cabría referirse a los múltiples estudios que van apareciendo, demostrando con unos u otros rasgos, que la economía española está perdiendo competitividad por sus características y modelo de desarrollo (bajos gastos en investigación, desarrollo y educación, hiperactividad del sector de la construcción, mano de obra en exceso precaria, avance muy lento de la productividad, baja capitalización por trabajador, etc.). En Bruselas está encendida la luz de alarma  y el comisario europeo de economía, el español Almunia,  ha declarado que el déficit exterior de la economía española es insostenible a largo plazo, aunque no se sepa que quiere decir con ello, aparte de llamar la atención sobre una  situación fuera de lo normal. Es decir, que puede hablarse con toda propiedad de la crisis exterior de la economía española.

La economía, pues, sufre un agudo y enquistado déficit exterior, con tendencia firme a empeorar, lo cual pone de manifiesto ante todo su debilidad en el contexto de la economía internacional. Desde el punto de vista macroeconómico, el déficit implica que el país demanda  más de  lo que produce, o lo que es lo mismo, que parte del gasto generado internamente se satisface a través de importaciones. El  crecimiento de la actividad (y consecuentemente del  empleo) que hubiera promovido la demanda interna, el consumo y la inversión privados y públicos,  se ha ido anulando  parcialmente por el crecimiento de las importaciones,  hasta abrirse una brecha entre la producción y la demanda equivalente al porcentaje que el déficit exterior representa con respecto al PIB. En el año 2004,  por ejemplo, la demanda interna creció en un 3,4% en términos reales,  mientras que el PIB sólo aumentó en un 2,6%: la diferencia, 0,8 puntos,  alimentó el crecimiento de otras económicas. Por otro lado, el déficit corriente de la balanza de pagos significa que la economía tiene que ser financiada por el exterior, con la conclusión  de que el ahorro generado internamente es insuficiente para cubrir la inversión. El resultado es que el conjunto de la economía,  por múltiples vías y circuitos, acrecienta cada año su endeudamiento con el exterior por el montante de dicho déficit,  lo cual no hace sino empobrecer,  quitarle salud o socavar el futuro de dicha  economía.

Estos efectos  negativos, a partir de cierto momento, cuando existían monedas nacionales, la peseta en el caso español, encendían señales de aviso o luces de alarma,  bien fuera por la perdida de las reservas de divisas que el déficit tendía a ocasionar o por la presión a depreciarse que la  moneda sufría en los  mercados de cambios. La existencia de una moneda propia hacía las veces de un sensible fusible para indicar que el sector exterior había entrado en dificultades,  con lo que ello refleja de la fortaleza o debilidad de una economía en el entramado internacional.  Ahora, al existir una moneda común para muchos países, el euro, estos hechos quedan enmascarados, pues no hay problemas aparentes de financiación, no se pierden reservas,  ni posibilidad de que se resienta valor del euro por las dificultades del sector exterior de un país secundario. No obstante, las consecuencias reales  del déficit exterior, la brecha entre gasto y producción,  el recurso al ahorro de otro países, son los mismas, con el problema de que al no manifestarse se acaba originando una degradación imperceptible del sistema económico que,  con el tiempo,  terminará expresándose con toda su gravedad.

Ante este problema de fondo, que  empaña  todos los resultados positivos de la evolución económica de los últimos tiempos, ha surgido alguna interpretación que tiene algo de disparatada por la incorrecta valoración de la situación, de sus causas y de sus remedios. El prototipo de esta interpretación queda bien recogido en el siguiente párrafo, extraído de un artículo de un analista en el diario El País, en marzo de 2005,  con un título elocuente, “Déficit exterior récord”. Terminaba con la siguiente conclusión:

“La segunda pregunta obvia es que hubiera pasado si España, con un déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos del 5,7% (era el porcentaje hecho público entonces) no fuese un país miembro de la Unión Europea y de la zona del euro. La respuesta es relativamente fácil. Nos encontraríamos con nuestra moneda, la peseta, fuertemente devaluada, con una tasa de inflación de más del doble que la actual, con los tipos de interés a corto y largo plazo dos veces superiores a los actuales, con un déficit presupuestario muy elevado y una deuda  sobre PIB cercana al ciento por ciento. Probablemente estaríamos haciendo un fuerte ajuste de la demanda interna, que nos habría producido una recesión, ya que los elevados precios del petróleo con la peseta devaluada tanto o más que el dólar y con la fuerte dependencia que tenemos de él  nos habría producido un déficit comercial de proporciones gigantescas que habría que financiar generando euros y dólares a través de las estas exportaciones, lo cual sería prácticamente imposible sin fin aumentar nuestra deuda externa”.

Para el autor de este artículo, que expresa una opinión ampliamente compartida por otros muchos analistas, la pertenencia al euro nos ha librado de una verdadera catástrofe y ha permitido  vivir unos años económicamente espléndidos, con tipos de interés bajos y sin sufrir los costes de tener que defender una peseta sometida a fuertes presiones de   devaluación.  Es verdad, reconocen,  que se ha incurrido en un déficit de balanza de pagos enorme, pero gracias al euro, que ha desempeñado un milagroso papel adormecedor,  casi embriagador, no se han padecido crisis como la de hace mas una década, en que para corregir un déficit exterior importante,  pero menos inquietante que el actual, tratando al mismo de mantener la estabilidad de la peseta dentro del Sistema Monetario Europeo, hubo que aplicar una política económica muy restrictiva que ocasionó una recesión en 1992 y 1993 que llevó al paro a situarse  por encima del 24% de la población activa.

Hay razones, sin embargo,  para discrepar de modo radical con  esta versión y para resaltar el agudo  problema que  para la economía española ha representado la pertenencia al euro e, incluso más allá, para destacar la imposibilidad de que en el marco de la moneda común tenga solución el “insostenible” déficit exterior.

Para empezar, hay que tener en cuenta que las implicaciones  macroeconómicas del déficit de la balanza de pagos se han producido con independencia de que su financiación no haya presentado dificultad alguna por formar parte de una unión monetaria. Pero, inmediatamente, cabe preguntarse si justamente la integración en el euro no ha sido un hecho  básico en la generación de ese déficit. La inexistencia de una moneda nacional, la peseta de nuevo en nuestro caso, y por tanto la imposibilidad de modificar su cotización para con ello mejorar la competitividad (la devaluación era, es, el  recurso normal e histórico por medio del cual las economías atrasadas corrigen su déficit de balanza de pagos y recuperan posiciones en el mercado mundial), ha  agravado sin duda la evolución de las cuentas exteriores, pues no ha existido mecanismo alguno para compensar la pérdida de competitividad derivada por la diferente evolución de los precios en nuestro país y la zona euro y por la dispar productividad de las economías.  Resulta imposible no ver en el factor euro una de las causas del déficit exterior, con independencia de la opinión que se tenga de la unidad monetaria y su papel en el proceso de la integración económica y política de Europa.

No obstante, la cuestión fundamental es el futuro. Y este artículo acaba con una simple pregunta para la que el autor no tiene respuesta: ¿cómo se soluciona la crisis del sector  exterior de la economía española en el marco de la unión monetaria? O en un tono más coloquial: ¿y ahora qué?

2 Responses to “La crisis del sector exterior y el euro.”

  1. crisis economica Says:

    crisis economica…

    Muy buen articulo!…

  2. crisis economica Says:

    Muy buen articulo!

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